Lealtades Invisibles y el alcoholismo

En mi oficio de acompañar a tantas personas en sus procesos difíciles, sobre todo cuando me toca recibir en el consultorio a adolescentes y jóvenes, que han sido visitados por la contrariedad, la aflicción y el sufrimiento a causa de la violencia doméstica, encuentro que, en la narración de sus historias familiares y personales, se esconde detrás del dolor, juramentos o pactos consigo mismos del tipo: “yo no seré como mi padre alcohólico”, “jamás seré como mi madre que se iba a tomar y nos abandonaba”, “yo no seré como mi padre que ebrio le pegaba a mi madre”, “yo no seré como mi madre que perdonaba a mi padre alcohólico”, etc. Promesas que llevan consigo un rechazo a veces consciente e inconsciente hacia los padres por las heridas que dejaron, sobre todo cuando eran más vulnerables, en su niñez y adolescencia.

Sin embargo, confirmo que este tipo de promesas que, algunos jóvenes intentan decirnos en la consulta psicológica es una decisión que solo lleva a más sufrimiento, ya que paradójicamente la mayoría de nuestros pacientes adultos hombres y mujeres se encuentran repitiendo lo mismo que sus padres o abuelos en su vida personal y familiar. También sucede al revés que, algunos jóvenes se identifican con algún miembro que amaron y que fue despreciado por su sistema familiar volviéndose con el tiempo como ellos, en una especie de lealtad amorosa. En cualquiera de los casos, es como si el pasado le pidiera al futuro: “quiero que te parezcas a mí”. Al parecer, estamos atraídos por el polo magnético del pasado y lo que pretende es una cierta repetición hasta que hagamos un trabajo emocional interior en nosotros mismos.

César (19 años) por ejemplo, es un joven que fue derivado a nuestra consulta psicológica por parte de su madre, quien sufre al ver como su hijo acaba su vida lentamente a causa del alcohol. El joven nos cuenta con amargura en su rostro que su padre era negligente, que la mayoría de las veces no estuvo para él cuando más lo necesitaba. Cesar tenía para entonces un abuelo que le brindaba ese apoyo, afecto y atención, de alguna manera ocupada el rol de su papá. Sin embargo, su abuelo tenía problemas con su forma de beber, en ocasiones era echado fuera de su hogar por parte de su abuela y algunos familiares. César comenta que esto le causaba mucha pena y rabia, la tristeza de ver como en varias ocasiones su abuelo era empujado hacia la calle a causa del alcohol. El vínculo emocional con su abuelo era bastante fuerte. Pocos años después, su abuelo fallece en un accidente nocturno debido a su estado de ebriedad. César llora de impotencia al evocar el recuerdo de su abuelo y su deseo de haberlo ayudado de alguna manera.

Vemos que en César se cumple lo que denominamos una lealtad invisible a un anterior, en este caso hacia su abuelo, a quien amaba y tenía una fuerte conexión sentimental, para él era como su padre, sin embargo, al fallecer el abuelo, César adopta una identidad similar, su amor y su sentimiento de vacío por la pérdida de su abuelo es tan profundo que se vuelve como él, acudiendo al alcohol como su abuelo en un intento inconsciente de seguirlo hacia la muerte.

Raquel (35 años) es otro caso, acude a nuestra consulta refiriendo sentirse emocionalmente inestable y desdichada a causa de sus constantes fracasos afectivos que la han llevado a buscar refugio en el alcohol. Ella cuenta que de niña se pasaba junto a su madre buscando a su padre en bares y cantinas. Su madre, cansada de la misma dinámica lo despreciaba frecuentemente por su manera de beber, transmitiendo a la hija (Raquel) de manera directa e indirecta su malestar y sufrimiento. Llega un momento en que su madre decide separarse del padre y alejarse de él definitivamente. Raquel recuerda que durante sus años de niña sentía rechazo hacia su padre porque no estuvo en los momentos en que más lo esperaba o necesitaba. Así, se prometía en su interior que de adulta formaría una familia mejor y que jamás se relacionaría con una persona alcohólica. Paradójicamente, muchas de sus relaciones posteriores fueron con hombres que la llevaron a beber.

Volviendo a la historia de Raquel, solo vio a su padre de nuevo en el lecho de su muerte consumido por el alcohol y el cáncer. Ella llora. Se demuestra un sentimiento de culpa que la atormenta en el pecho por haberse tardado en perdonar a su padre. El recuerdo del padre fallecido emerge desde su infancia y desde algún punto de su subconsciente sin que ella sepa gestionarlo, brota ese dolor antiguo que lleva clavado. Es la evidencia del gran amor hacia el padre, aunque haya sido alcohólico. Y es también la evidencia de cómo de manera inconsciente (sin darse cuenta) Raquel tomaba un rol de salvadora, buscando la manera de salvar a su padre a través de otros hombres con el mismo problema de alcoholismo.

Los psicólogos sabemos que, el alcohol es el refugio de quienes se sienten despreciados o de los que intentan dejarse morir, mientras que el otro trata de salvarlo o se enfada con él. Cuando personas como César o Raquel reproducen estos recuerdos o se reavivan sensaciones del pasado, se los trae directamente al presente y se trabaja con ellos por tratarse de lo que los psicólogos gestaltistas llamamos “asuntos pendientes o situaciones inconclusas”. Los asuntos pendientes son todos aquellos sentimientos y emociones no resueltos, que no han podido ser expresados porque la persona no se ha atrevido o no ha tenido la oportunidad de expresarlos en el momento en que sucedieron los hechos.

Todo el mundo tiene gran cantidad de asuntos pendientes con sus padres, abuelos, amigos, hijos, parejas o hermanos. Durante la psicoterapia, cada vez que se logra identificar uno de estos asuntos pendientes, el terapeuta le pide al paciente que trate de completarlo. Esto puede hacerse a través de un encuentro con dicha persona (para lo que utilizamos la técnica de la silla vacía); en cualquier caso, debe expresarle abiertamente aquellos sentimientos que no se atrevió a expresar en otro tiempo.

Cuando se trata de una persona que ya ha desaparecido de su vida -personas fallecidas-, primero se expresan los asuntos pendientes -pueden ser sentimientos agresivos, amorosos o de cualquier otro tipo-. Una vez expresados los sentimientos que albergaba, el paciente ha de despedirse de esta persona y cerrar la historia que mantenía abierta, y que a menudo aparecía en sueños, en imágenes, o en proyecciones con otras personas (como el caso de Raquel) o incluso en dolencias, como ocurre con algunas somatizaciones (enfermedades del cuerpo).

En la comunidad de alcohólicos anónimos, he visto como psicólogo algo similar, ya sea dentro de sus doce pasos o desde el encuentro grupal donde la catarsis tiene la oportunidad de dejar surgir del cuerpo y de la mente todo lo que la persona albergaba en su interior. Cuando soy invitado a sus charlas abiertas, observo con atención que muchos de sus miembros tuvieron historias similares a la de César y Raquel.

Pero el buen amor es el que acepta y que toma lo mejor de sus anteriores para fructificar de nuevo la vida. Precisamente, al llegar a la comunidad A.A. cada persona tiene una conversión espiritual donde el ego que por tanto tiempo ha manipulado la mente de la persona deja de gobernar su vida, la persona reconoce su problema y se entrega a una voluntad más alta o Dios como ellos lo conciben. Al hacerlo, el cambio es posible, miran mejor sus asuntos y daños causados y comprenden que están a tiempo de recuperar su vida y ponerse en paz con su pasado y tomar lo bueno de aquellas personas que fueron importantes en su vida. César, por ejemplo, luego de trabajar en psicoterapia su asunto emocional pendiente con su abuelo y darle internamente las gracias y soltarlo hacia su descanso eterno, decidió integrar una comunidad A.A. para aprender a controlar su manera de beber. Hoy en su juventud todavía se proyecta en ayudar a otros jóvenes desde su experiencia de vida.

Decía un sabio, “en esta vida hay dos caminos para un hombre: la espiritualidad o el alcohol”. Y como psicólogo, veo con frecuencia que si una persona está alejada de lo espiritual no está conectada con la vida, pues el espíritu que llevamos por dentro reclama nuestro contacto con el amor: el amor por la vida que recibimos de nuestros padres y abuelos. Cuantos, de ustedes, pudieron al fin, decir en su interior, gracias a todos mis ancestros, por su encuentro y por la vida que llegó hasta mí. Si un hombre o mujer puede afirmar así, entonces habrá ganado la tan anhelada paz interior.

Nosotros, los profesionales de la salud mental somos conscientes de que muchos de nuestros pacientes con problemas de alcoholismo no responden algunas veces a nuestros tratamientos porque necesitan vivenciar algo más allá de las paredes mentales, una experiencia espiritual, en donde deciden entregar su vida al cuidado de Dios, como ellos lo conciben.

Tengo el más alto respeto por el trabajo que AA hace con sus miembros. Quiero seguir manifestando mi apoyo e interés, reconociendo y valorando sus 12 pasos. Pues siempre que soy invitado a sus encuentros, sigo siendo testigo y alegrarme de que exista una comunidad donde muchos con esta enfermedad, pueden encontrar todavía la manera de recuperar su tiempo, su vida y su familia.

¡Envío Paz a tu Vida!

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